Mercado para los altares de difuntos en Ozumba, Estado de México
De mi diario de campo del 29/X/13

Carmen Morales Valderrama
DEAS-INAH
 
Siguiendo la cosecha de maíz en la rica zona agrícola de lomeríos que rodea a Ozumba (16 700 habitantes, Censo de 2010, INEGI) decidimos visitar el mercado de esta villa el martes 30 de octubre. El día coincidió con los movimientos de compra-venta que genera la instalación de los altares, lo cual dio lugar a una rica oferta de objetos, frutos y flores que acompañan la vida de los campesinos de esta región durante las celebraciones de Días de Muertos (Mapa de localización).

Llegamos como a las doce del día, en lo que eran los primeros puestos partiendo de las calles de Alzate y Sor Juana Inés de la Cruz observamos ventas de herramientas para el campo y la cocina, zapatos nuevos y usados, vendedores ambulantes o con puestos que ocupan un modesto lugar sobre la calle, al lado de puestos de frutas y escasos géneros alusivos a los Días de Muertos-en la versión citadina- como papel picado y representaciones de fantasmas, brujas y calabazas color naranja hechas de plástico. No había “calaveritas” de ningún material. Al parecer, en este mercado no se encontraban lugares especializados para la venta de determinados géneros, además noté que es un mercado silencioso, donde la gente no vocea sus mercancías (Marroquín, 1954).

A medida que nos fuimos internando en el mercado que, en un cálculo conservador comprende más de treinta calles, la variedad de objetos que se integran en los altares campesinos del Día de Muertos, se multiplicó. Así, haciendo un rápido recuento, abundaban los morrales de ixtle, los productos de barro: jarros, ollas, cazuelas, incensarios, candeleros y juguetes de Metepec y Puebla ; objetos de fibras naturales de gran importancia ritual como las escobillas de mijo que se utilizan para barrer el lugar donde se va a colocar la ofrenda y, con ello, marcar el espacio sagrado, así como los petates de Puebla, Michoacán y Oaxaca, que dan la bienvenida a quienes regresan a sus hogares y desean descansar mientras gustan de los platillos y recuerdos que les ofrecen sus deudos. Una profusión de canastos, canastas y chiquihuites para colocar las ofrendas, se disputaba la vista y el dinero de los posibles compradores tanto mujeres como hombres.

Dos elementos significativos en la sacralización de los altares son las velas y veladoras. Según me ha dicho doña Domi, de Santa Ana Tlacotenco, al encender las velas se dice en voz baja el nombre del difunto para llamarlo. Entre las ceras que encontré en Ozumba, destacaron las que están hechas de cera de abeja , cosa que no se encuentra en plazas chicas como la de Santa Ana Tlacotenco (dos calles de extensión), e incluso medianas como la de Villa Milpa (diez calles aproximadamente). De igual manera abundaban los sahumerios (incienso y copal, sobre todo) y sahumadores con los que se purifica el altar al encenderlos.

Entre paréntesis, encontré un puesto de dulces al horno de calidad excepcional y después de darme permiso para sacar fotos, la autora de tan rica muestra me dio una probadita “para que no me quedara con las ganas”.

Además del encuentro, siempre sorprendente, con los objetos del culto que inundan los mercados en Días de Muertos, me di cuenta que estaba equivocada en cuanto a la especialización, pues ya internada en el mismo aparecieron dos calles de venta de granos, fundamentalmente maíz y frijol, adonde ofertan su producción los campesinos de pueblos aledaños. Entre los que pudimos detectar había maíz de San Juan Tehuixtlán,Tezoyatzingo y Tepetlixpa.

Una de las principales ventas ligadas al maíz en estos días, además de la masa para tamal, son las hojas. Pudimos ver por lo menos tres tipos de hoja en cuanto a grosor y textura, y tres colores de la misma: blanca, amarillenta y azul u obscura.

Si, aprendimos más sobre los maíces nativos, que era el objetivo central de nuestra visita al mercado, pero nos sorprendió la diversidad del frijol que estaba presente: chocolín, amarillo de Tecalco, cacahuate bola, coconito o pinto, flor de junio, flor de mayo, parraleño, mantequilla, garrapato, moro y ayocote tanto recién cortado como seco.
Al caer la tarde, a eso de las seis., la gente seguía saliendo del mercado con sus petates, hatos de flores amarillas, sahumerios y velas, en un ir y venir que parecía no tener fin. Me quedó una sensación muy clara: la cultura campesina en estos días revive en los mercados.

Nota para conclusiones
En la Revista Arqueología Mexicana, edición especial 52 (CONACULTA-INAH-Editorial Raíces, octubre 2013, pag.75) se da cuenta en una página de las investigaciones que llevó a cabo la historiadora Elsa Malvido para demostrar que los orígenes de Días de Muertos son europeos, lo cual se constata en fuentes históricas y en algunos elementos, también llegados de Europa, que se integran a las ofrendas en el contexto de la Ciudad de México y en otras ciudades del país. Así se refiere que la celebración de Todos Santos lo inició en el siglo XI el abad de Cluny y que la imitación de los huesos y calaveras de santos se preparaban para los altares en León, Aragón, Castilla y Cataluña, a manera de reliquias. Por otra parte, en Italia, los frutti dei morti se elaboraban con almendra, como aún los encontramos hoy día en algunas dulcerías de Orizaba y Ciudad de México. En España y México colonial, a estas reliquias de dulce se les llamó alfeñiques, sólo que mayormente se hacían de azúcar derretida, que era y es un material más barato que la almendra.

En primer lugar, celebro que se retomen los hallazgos de Elsa Malvido (Fundadora en su momento del Taller de la Muerte de la Dirección de Estudios Históricos del INAH), respecto de la costumbre de poner altares a Todos los Santos (ésta es la dedicatoria original) e incluir representaciones de huesos a manera de reliquias. Por mi parte, me permito seguir discutiendo con Elsa sobre los rituales de la muerte, tal como lo hicimos en diversas ocasiones. Reconozco que, sobre todo en las ofrendas que se instalan en espacios públicos (museos, casas de la cultura, corredores comerciales, escuelas), donde lo central es la representación de calaveras y huesitos y en los se hace hincapié en el origen prehispánico de esta costumbre, hay muchas invenciones y las seguirá habiendo, lo cual es muy interesante desde el punto de vista de la etnografía.

Mi punto es que hay otra tradición, la de la cultura rural de México, en la que no se ofrenda calaveritas ni huesos, sino en la que predominan los bienes que abundan al final del ciclo agrícola: el maíz, la calabaza, el camote, así como los guisos y bebidas que les gustaban a los difuntos a quienes se honra. El sentido del altar en este contexto, es dar gracias por lo que las entidades sagradas nos proporcionan en el tiempo de la cosecha y por lo que heredamos de nuestros ancestros, la tierra en primer lugar. El compartir la abundancia de esta época honrando y dando gusto a los que ya se fueron, persigue renovar un compromiso con el más allá para que la vida continúe su ciclo en estrecha alianza con la naturaleza.

Los etnógrafos y antropólogos tenemos mucho qué investigar sobre la forma y contenido de los altares y lo que éstos significan para las distintas generaciones hoy día. No podemos olvidar que estos son parte de algo más amplio: los rituales funerarios en las culturas urbanas y rurales, por llamarlas de alguna manera, y que el desarrollo aparentemente opuesto de algunas de sus manifestaciones no son mejores que otras, ni tienen mayor o menor crédito, simplemente, así son.

Obras consultadas
Malvido, Elsa 2006 “La festividad de Todos Santos, fieles difuntos y su altar de muertos en México. Patrimonio intangible de la humanidad” en Patrimonio cultural y turismo, Cuadernos 16, CONACULTA, México, pp. 42-56.
Marroquín, Alejandro 1954 Tlaxiaco, Una ciudad mercado, Edición mimeográfica 4, Instituto Nacional Indigenista, México.
Revista Arqueología Mexicana. 2013 Edición especial 52,CONACULTA-INAH-Editorial Raíces, México, p.75.
www.inegi.gob.mx, Censo de Población y Vivienda de 2010, consulta en línea 7 de noviembre de 2013.