Dirección de Etnología y Antropología Social

Celebración de muertos

Vida de altares: dos maneras de celebrarlos
Carmen Morales Valderrama/DEAS-INAH


He perdido la cuenta de todos los altares de difuntos que he visto a lo largo de mi vida. Me inicié con la pequeña mesa puesta de servilleta blanca con la que convivía durante las noches, coincidiendo con los exámenes de secundaria en los años sesenta del siglo pasado. La ofrenda de mi mamá consistía en el Cristo de metal al frente, sal, vasos con agua, pan y dulce de calabaza, tejocote y guayaba, y las flores amarillas rojas y blancas, acaso alguna calaverita de azúcar junto al rosario y las veladoras.
Durante mis primeras incursiones de trabajo de campo descubrí en la casa de los generosos campesinos de San Matías Cuijingo que nos acogieron, que las flores silvestres de otoño también eran de color amarillo y quedaban muy bien puestas rústicamente en botes sobre unas tablas que se sostenían con horcones, donde lo que predominaba era una ofrenda de maíz, todavía con totomoxtle, y algunas varas de frijol. Entonces empecé a darme cuenta que el altar no era sólo para ofrecer dulces sino que estaba relacionado con la cosecha. Cuando viví en Texcoco (fines de los 1980) pude constatar qué tan complejo puede ser evocar a alguien a quien se invita a tomar posesión de la vida pasada, en un altar de muertos: las fotografías, la ropa, las comidas y los placeres favoritos: mole y arroz con tortillas, tabaco y cerveza.
Sin embargo, lo que transformó mis concepciones sobre las ofrendas de muertos y su significado fue mi estancia en Yucatán, digamos que una estancia intensiva de quince años con incursiones posteriores que no han terminado. Para empezar, durante octubre de 1980, mi primer año, se empezó a hablar a mi alrededor de muk bil pollos. Me fui enterando que eran unos tamales grandes que todos comían en el Janal Pixan (Su comida de las almas, es la traducción aproximada del maya) y el ritual de elaborarlos, comerlos e intercambiarlos era más importante que el festejo de Navidad y el Año Nuevo.
Igualmente me di cuenta que los altares no eran como los del centro de México: no había Cempasúchil, ni calaveras, ni pan con azúcar al que llamamos "de muerto”. Las flores eran de colores encendidos: virginias, terciopelo, miramelindo, las que se dan en el campo de Yucatán. Además, había una clara diferencia entre altares de los adultos y altares de los niños. A estos últimos se les ponía fruta sin cáscara, juguetes de barro, panes y dulces de colores y delicadas flores de color blanco o rosado.
Por otra parte, a los difuntos se les recibía con rezos y cambios de alimentos a lo largo del día: chocolate y pan por la mañana, el almuerzo con un platillo fuerte: relleno negro, por ejemplo, a medio día; la merienda con chocolate o café, pan y algún dulce (el toox o reparto para los asistentes al rosario).
Hasta ahora, la ochavada, es decir la celebración que se hace a los ocho días, marca en el campo yucateco el momento de comer los pibes y la celebración puede prolongarse hasta fines de noviembre.
Ahora bien, en mi trabajo de campo actual (2010-2012) he buscado profundizar en ese movimiento de los altares, esa vida que les infunde la devoción de quien los dedica a sus seres queridos y que pasa desapercibido para los citadinos que en estos Días de Muertos van de altar en altar, observando el esfuerzo e ingenio de las casa de cultura, museos, escuelas, centros de artistas plásticos y otras instancias culturales que se han dado a la tarea de rescatar y nutrir esta tradición en espacios públicos.
Ocurre que hace por lo menos veinticinco años que la puesta en escena de estos altares anima los parques, las calles, los aparadores y es gracias al esfuerzo de muchos que hacen de los Días de Muertos una vivencia pública, sin embargo en ellos predominan los aspectos escenográficos del altar. Por otra parte, están las celebraciones de la muerte que se integra a la vida y que constituyen una marca en el transcurso del año agrícola, un tiempo caracterizado por el tono amarillo del paisaje, el rumor del maíz que ha madurado, el olor del copal y el viento frío, típico de otoño, que invade las serranías y lo que queda de los lagos de la Cuenca de México. Aquí van imágenes captadas en estos dos mundos.